Sabor a Freud de José Pablo Feinmann
¿Dónde está el psicólogo?

Por Azucena Joffe y María de los Ángeles Sanz

 

La propuesta estética de Sabor a Freud, en su segunda temporada, nos lleva hacia una mirada retrospectiva pero sin nostalgia. De la mano del Dr. Ernesto Kovacs (Julio Luparello) y de Lucía/Dolores (Susana N. Fernández) nos introducimos en el mundo mágico del cine norteamericano, en su época de oro, y en el mundo sentimental del bolero. Camino perfectamente señalizado por la dirección de Jorge Vigetti, quien fusiona su experiencia como psicopedagogo y como artista.

En la ciudad freudiana por excelencia, José Pablo Feinmann, construye una textualidad dramática que parodia el discurso del psicoanálisis, desde un humor trasgresor, cargado de ironía. Feinmann, filósofo y autor de numerosos ensayos sobre la realidad histórica del país y sobre algunas de sus figuras más populares como Perón, Eva o El Che Guevara; es también escritor de numerosas novelas donde los temas que desarrolla en sus textos teóricos se despliegan a través de la ficción. Tampoco le es ajena la textualidad dirigida al cine ya que varios guiones tienen su firma, ni la construcción dramatúrgica. Su primera pieza Cuestiones con el Che  Guevara (1998) continuaba la línea de pensamiento que el autor había desarrollado en otros géneros. Aquél es un texto polémico donde el mítico Che es expuesto a la expurgación histórica por un interlocutor descreído, que intenta acorralarlo desde la dialéctica. En la presente obra, hay una búsqueda sobre un discurso otro, indagación hecha también a partir del encuentro personal de los personajes, pero abordado desde la trasgresión al melodrama. El personaje que no cree en el amor,  (el psicólogo) indaga en el personaje que quiere vivir un amor a lo grande (su paciente) y finalmente se deja arrastrar por su compleja identidad Las acciones se desarrollan con un tempo de ritmo constante, atravesadas además por las proyecciones de viejos filmes de Hollywood, en los paneles blancos que conforman la escenografía, en especial Casa Blanca, ya que sus protagonistas son paradigmáticos modelos para el psicólogo y su paciente; y el ritmo y la sensualidad del “bolero”, que incita a la pasión y al desborde de sentimientos. Los actores a la medida de las comedias brillantes, asumen sus roles con una eficacia que produce en el espectador la risa franca y constante; a pesar de algunas situaciones que desacralizan las relaciones intocables de la conciencia colectiva, madre /hijo, marido /mujer. La ruptura de la cuarta pared le permite al espectador participar del doble juego escénico de observar y ser observado, de ser testigo presencial de una historia que inevitablemente en algunos recuerda su paso por el famoso sillón de Freud. La vieja contienda que el científico alemán desarrolló en El malestar de la cultura, entre Eros y Tánatos, se cumple religiosamente pero con una mirada diferente, optimista de parte del autor, ya que el primero triunfa sobre el segundo, por sobre todas las oposiciones, sobre todo por la que surgen del propio inconsciente. La cultura como afirmaba Freud busca sustraer la energía del amor de pareja, para derivarla a reforzar los lazos libidinales que unan a los miembros de la sociedad, de esa necesidad surge el mandamiento “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Sin embargo, también existen tendencias agresivas hacia los otros, y no siempre se entiende la necesidad de amar a quien no lo merece. La cultura debe para mantenerse, restringir la agresividad, y no sólo el amor sexual, lo cual  nos permite entender, por qué el hombre no encuentra su felicidad dentro de las relaciones sociales.  El personaje desdoblado de ella, por un lado, la tímida esposa frustrada, que se transforma en la sensual cantante de boleros, Dolores; provoca como la Eva bíblica, en la racionalidad propia del profesional, un punto de fuga donde aparece el deseo. Deseo que al cumplirse trasgrede la ley del mandato social aboliendo el sentimiento de culpa. Si la cura era lograr la adaptación y la resignación, al fracasar produce la liberación del amor. Amor transgresor, y romántico el de las películas de la década del cuarenta, y que en una puesta en abismo aparece a través de un elemento dinámico y polifuncional que se impone: la escenografía (Soledad González) que no sólo abre el espacio teatral sino que también multiplica los puntos de vista del público. El espacio escénico se dilata y se expande hacia el espacio escenográfico, cuando el personaje del psicólogo desde la platea introduce al espectador en la intriga. Para Patrice Pavis la escenografía es un dispositivo que tiene la capacidad de iluminar el texto y la acción humana, es el resultado de la armonización de diversos materiales escénicos (1998: 154-156). Y este recurso artístico se complementa perfectamente con otro elemento de cierta fluidez y plasticidad: el diseño de luces (José Luis Misevich). Para el autor, la luz está situada en la articulación del tiempo y del espacio y “es uno de los principales enunciadores de la escenificación [...] es un elemento atmosférico que liga e infiltra los elementos separados y dispersos, una sustancia de la que nace la vida.” (242-243)
Ambos sistemas artísticos participar en el producción de[27.jpg] sentido de la puesta y le dan ritmo especial a la representación. No hay subordinación de ninguno de ellos sino que forman un todo homogéneo, un universo ficcional donde el espectador “penetra” sin reticencia y con complicidad e hilaridad.

Ficha Técnica: Sabor a Freud de José Pablo Feinmann. Puesta y dirección: Jorge Vigetti. Elenco: Julio Luparello, Susana N. Fernández. Música Original: Martín Bianchedi. Dirección de arte, escenografía y vestuario: Soledad González. Diseño de luces y operación técnica:  José Luis Misevich. Edición de imágenes: Magdalena Mastromarino. Fotografía y gráfica: Soledad González.