VENDIMIA OFICIAL, DECADENCIA Y OTRAS CUESTIONES

Por Damián Tagarelli

 

En este preciso momento, merced a los favores de la tecnología que tan bien nos trata y nos impulsa a hacia conceptos civilizatorios elevados, estoy acomodado en el sillón de mi casa como un estúpido burgués o un resentido social, abstrayéndome y proyectándome por medio de la TV y un poco de imaginación hacia otro espacio en donde miles de espectadores encandilados y aturdidos entregan su alma al diablo: me imagino levantando esas zapas de cartón gigantes para arar el aire, para lastimar los conceptos, para herir la tradición, para destruir al arte... ese espacio, toda esa gente que se mueve dentro de un engranaje perverso haciendo la ilusión de algo que nunca han sido, ni siquiera rozado, ni siquiera -miren el extremo- contemplado, se me presentan como ilusorias, evanescentes, irreales... y ahora estoy aquí escribiendo, intentado canalizar mi descontento, transformarlo en poesía, en denuncia, en realidad, mientras allá en aquella ilusión la resaca de la vendimia y sus ecos demoníacos -del cual el propio Baco lloraría sus más férreas lágrimas- gritan sus pestilencias decadentes, allá donde los "artistas", los espectadores y los medios están contribuyendo inexorablemente con la prostitución, la idiotez y el vaciamiento.

La fiesta de la vendimia oficial no es popular -al menos como nos las venden desde los medios y los comentarios (ecos de los medios)-: el que hayan miles y miles de personas viéndola en este momento no significa nada, solo son números. La mayoría no tiene ningún tipo de relación directa con la vendimia excepto por la del consumo del que todos sin excepción son partícipes; y es que la comunicación y el saber en la cultura occidentaloide se fundan sobre elementos abstractos, virtuales, externos, impuestos, desterritorializados que apuntan solamente a una cosa: la voracidad (si entendemos la compleja simbolización que acarrea este concepto) y la masificación, conceptos lejanos a la idea de lo popular.

Las "reinas" de la vendimia -resaca de un sistema de jerarquías eructivo- por supuesto nunca han estado en una viña -quizás alguna haya deambulado por los win bar de bodegas top-, por el contrario son estudiantes de economía o de escribanía, sus sueños báquicos son las de llenarse de guita para poder ser reconocidas según las leyes del éxito tan bien denunciadas por Miller hace ya tantos años; lo único que saben de Mendoza, de su historia y de su gente es producto de librillos que construyen a su antojo funcionarios maquetas movidos por hilos sangrantes...

La mayoría de los espectadores también están abstraídos de la vendimia, "saben" de que existe un vino blanco y otro tinto, sospechan de uno rosado, han visto en algún programa de TV que la uva se da de la vid (otra planta más del campo, allá lejos, donde viven los brutos); espectadores locales que vienen a defender algo "suyo" (eso les han dicho, no saben quién, ni por qué), a ensayar esperpentos de gritos cuyanos (ahora, ahora muchachos que viene la cámara); o espectadores foráneos ansiosos en su vacío de devorar lo exótico, esas cosas extrañas que les hacen sentir vivos por una vez en la vida, esas cosas que filman o fotografían para llevarlas como trofeos de caza burguesa a la monotonía de sus vidas lapidarias…

Y allá en los cerros, allá sí están los cuyanos, los que sí tienen que ver con la vendimia. Sentados en la tierra -pues de la tierra son-, en el margen del anfiteatro, en el margen de la vida (pues esa es su identidad y es la identidad de la vendimia, de los que cosechan, de los que agonizan en los surcos para ver caer la desdichada ficha del mercado explotador, esa que deja el eco metálico que aturde de por vida, esa que parece significar fatalidad en una democracia que supuestamente se basa en la libertad y la igualdad), contemplan entre humo y vino barato la profanación de su cultura.

Allá también están los músicos de la vendimia, esos hombres que aprendieron de oído las canciones del folklore para recrearlas en las farras cuyanas, haciéndolas brotar de la misma vid de sus almas… fiestas populares, de ellos, perdidas en el campo, en los puestos, en los pueblos; serenatas que arrastra el viento en las mágicas noches pueblerinas por la tierra de sus cuerpos cansados; farras donde el vino que es de ellos y que brota de su sangre hace nadar a la tonada por las olas de la borrachera, alquimia del vino, machos cabríos cuyanos.

Allá en los cerros las madres laboriosas de manos curtidas se han adornado con sus mejores pilchas, decoradas de tierra, de suspiro del pedemonte, parecen sonreírle a las desgracias… y es que esto es otro ritual que reúne a la comunidad en son de alegría, porque la comunidad es eso para ellos, alegría, saber, vida, fiesta, fiesta de la vendimia, recreo del sudor, ofrenda del bienestar, fiesta de la vida, de eso que renace, que nunca muere, como ellos, sus padres, sus hijos…

Allá están los hacedores de la vendimia, elevados en el cielo por la tierra, aplauden, sí, ríen, sí, porque es su fiesta; aturdidos, sí, ensordecidos, sí, porque eso que está sucediendo poco tiene que ver con ellos: esas luces, esos gringos, esos actores que mienten, esas puestas y guiones decadentes e inverosímiles deformados para vender demuestran que ellos a nadie les importa, y claro, si ellos no pagan las entradas, ellos son los esclavos, ellos están al margen; importan los funcionarios, los gringos, todos esos que están sentados adelante que han pagado la entrada más cara, esos que van a traer la platita; importan los medios, claro, que vean que el gobierno le da bola a su gente, que mantiene y preserva su cultura, que les da trabajo a sus artistas, que les ofrece espacios de desarrollo... artistas haciendo de fruta o de inmigrantes acartonados obedeciendo órdenes de directores que de pronto creen estar sentados junto al mismo Dionisio, con la lira de Apolo en una mano y el cheque del banco nación en la otra… artistas abordando algo que no comprenden, que no investigan, que no aportan, que no desarrollan... el artista que no desarrolla, que es parte de valorizaciones decadentes que transforman su hacer en otra mercancía mas de este mundo asfixiado de objetos sin sentido... sí, sonreí acá, he vos, pedazo de uva, volvé al racimo, y vos, levantá más alto la zapa o no entendés que las viejas están encogidas y no te van a ver, o qué te pasa, por dios, por dios…

 

Ahora en este preciso momento acaba de terminar el espectáculo.

Puedo escuchar los fervientes aplausos.

Parece ser Broadway o la calle Corrientes.

Ahora vendrá más decadencia: la competencia de las reinas, a ver quién es la mejor, a ver el culo más bonito, a ver las futuras abogadas, escribanas, ministras, empleadas, mientan, levanten sus brazos que pronto marchitarán y crean por un momento que están vivas, mañana sin darse cuenta estarán con un pie en el cajón y se preguntarán con lagañas secas qué fue de sus vidas, si ayer nomás habían nacido... puedo imaginar los rostros pervertidos en las primeras filas, sus ojos encendidos de lujuria, ofreciendo para el remate… puedo imaginar los rostros corrompidos del equipo artístico, sus ojos encendidos de satisfacción, sus manos en el bolsillo, saboreando las luces, el reconocimiento del sistema, los billetes sucios… puedo imaginar a la masa aturdida, sus ojos idiotizados, su pensamiento olvidado, y puedo sentir un extraño latido de amenaza rondando entre los suspiros de extraño placer, quizás sea el presentimiento de que todo eso que les está pasando no les está pasando, de que el hechizo en algún momento desaparecerá y la nada vendrá a buscarlos, pues de ella son, con ella han transado, con ella han escrito su realidad…

Las máscaras de los actores van cayendo. Los camarines respiran sudor. Habrá euforia, ansiedad, los cuerpos agitados estarán rozándose, saludos, todo terminó, salió bien, acá me tropecé, sí, qué bueno... pero algo en sus ojos estará oscuro y opaco, algo de conciencia, algo de tristeza empañará sus miradas, hay algo que aun quiere nacer, algo que late débilmente tras la máscara de sus rostros, algo de sus almas intenta salvarse de la liquidación, algo hay que 700 pesos no compran, y es quizás un extraño brillo dentro de tanta oscuridad que pelea contra la resignación, que busca alternativas, que emerge de la asfixia, de la opresión; brillo que duele, que cuesta, que aun late en lo profundo, que quiere renacer como la vendimia, que quiere volver a florecer y entregar sus frutos a la vida… pero claro, necesita dedicación, esfuerzo, disciplina, necesita soportar el dolor, las tempestades, como la vendimia necesita SACRIFICARSE, necesita morir para vivir, y eso en los seres humanos es solo cuestión de decisión, nada más fácil, nada más difícil, nada más posible...

Sin embargo tan bajo ha caído el ser humano en esta parte del mundo… sí, claro, “no se puede cambiar al mundo”, “hay que transar”, “hay que llenar la olla”, pero ¿qué es el mundo? En alguna parte de oriente sostienen que el universo está en el propio hogar, que no hace falta ir a recorrerlo para entrar en armonía con él... si el mundo para el actor está supuestamente en el teatro, podemos no corromperlo y contaminarlo con el hacer occidentaloide y sus valorizaciones decadentes, esas que transforman al actor en un esclavo, en un instrumento de estupidización, en un engranaje de la maquinaria trituradora existencial, perfectamente reflejado en el actor de vendimia… pero, ¿es tan grave la cosa?

Lo es.

Se trata de ser o no ser.

Lo que sucede es que la llama de la vida ha sido reducida a cenizas. La brisa que puede volver a encenderla está asfixiada tras siglos de barbarie y de cemento. El hombre cree ver en la cotidianeidad que le imponen la realidad de la vida, cree que es normal su existencia de prototipo industrial, se adapta y se acomoda a ese contexto cual animal que tiene inherente en su existencia la imposibilidad de creación y por ende de transformación; capacidades anuladas en el ser humano occidentaloide que podrían volverlo a transformar en un ser sabio, libre, creador… se puede no transar con el teatro, revolucionar ese mundo para reencontrarle sentido a la vida y al lenguaje artístico y experimentar así la brisa de su sabiduría inherente a la especie, no a unos pocos. Se puede asumir la farsa de la cotidianeidad, ponerse su máscara decadente y deambular por la opacidad del sistema, pero teniendo la posibilidad, la conciencia, la fuerza y la voluntad de arrancarla todas las noches cuando las máscaras del teatro vienen a reemplazarlas para darle vida a los rostros que las sostienen.

¿Se puede hacer las dos cosas, es decir revolucionar el teatro y a la vez transar con él? ¿Se puede por ejemplo ser un zapallito relleno o un plato sopero con humita en chala en la fiesta de la vendimia, agonizar un mes y medio en su estómago carroñero y por las noches hacer teatro con sentido, autónomo y artístico?

Conceptualmente se puede, pero tampoco se lo hace: casi todo el hacer teatral local (casi todo el hacer teatral occidental) no puede salir de la decadencia y la estupidez teatral ya sea por ignorancia, resignación o conformidad con ambas.

Por supuesto estos hacedores nunca perseguirán objetivos de trascendencia, nunca serán autónomos, no gozarán de la libertad ni de la posibilidad de revelar sentido, nunca podrán sentir la satisfacción de generar espacios, obras y movidas genuinas, siempre estarán tras la máscara occidentaloide transando, falseando, vagando en la superficialidad con destinos de prototipo, sonriendo a placeres impuestos y ajenos, adornando sus muecas de falsa satisfacción por fuera y devorándose por dentro al ahogar, reprimir, oprimir, suprimir, marginar y obstaculizar la auténtica pulsión de vida.

A pesar de todo aun creo en el mañana, aun creo en el hombre y en la verdad, aun tengo fe y milito por ella, y por ellos… también creo en el hoy, en el ahora, por eso quizás en vez de irme a dormir enculado y dolorido me vaya por allí saltando acequias por la noche mendocina hasta llegar a algún espacio genuino en donde no se eructen muecas muertas ni vomite alegría falsa… acequias que algún día nuestros abuelos vieron ahogarse de vino embriagador, porque claro, también creo en la historia, en ésa que aun perdura, que está viva y se proyecta hacia el mañana, esa que muere para renacer, como la vendimia, como la vendimia

 

quiero beber tu sangre

y ahogarme en tu saber

nadar en el éxtasis

de lo que no soy y puedo ser

 

    .flecha